Si lo que necesitas es algo ligero para llevar siempre en el fondo de la mochila por si el sendero se hiela sin avisar, el Nortec Alp 2.0 o el Snowline Chainsen Pro resuelven la mayoría de los tramos helados de una ruta de sierra media: se ponen en segundos sobre la bota de trekking habitual y no exigen ningún reborde especial. Si el plan es una ascensión invernal de verdad -el Mulhacén, el Veleta o el Peñalara con nieve dura tras una helada nocturna-, hace falta un crampón con puntas frontales. Entre los tres de esta comparativa, el Petzl Leopard FL es el más ligero y se adapta a botas de trekking reforzadas sin reborde; el Simond Makalu de Decathlon es la entrada más económica, con correas que valen para casi cualquier bota semirrígida; y el Grivel G12 New-Matic Evo es el más robusto y pesado, pensado para quien además pisa hielo de verdad, por ejemplo en la vía normal del Aneto.
La diferencia entre estos dos grupos no es solo de precio. Como explica la ficha de crampones del glosario, un crampón técnico lleva puntas frontales orientadas hacia delante que permiten clavar la puntera de la bota en una pendiente empinada y progresar en rampa; un microcrampón, en cambio, reparte puntas cortas por toda la suela sobre una malla de cadenas y sirve para plantar el pie plano sobre un tramo helado, no para trepar una rampa dura. Confundir uno por otro es el error más caro de esta compra: llevar solo microcrampones a una cima con nieve dura deja sin margen justo en el tramo final, y cargar con un crampón técnico de casi un kilo para un paseo de fin de semana por una pista helada es peso de mochila que sobra.
Puntas, peso y qué número necesitas
El número de puntas y su longitud dicen mucho de para qué está pensado cada modelo. Los dos microcrampones de la comparativa llevan puntas cortas: el Nortec Alp 2.0 monta trece, de dos longitudes -7 y 17 mm-, mientras que el Snowline Chainsen Pro lleva once de acero inoxidable templado de 13,4 mm. Ninguna de las dos está orientada hacia delante: todas apuntan hacia abajo, repartidas por la cadena que envuelve la suela, y su función es morder la superficie helada bajo el pie plano, no clavarse en una rampa.
Los tres crampones técnicos suben a diez o doce puntas y añaden puntas frontales. El Petzl Leopard FL tiene diez, el mínimo del grupo, coherente con su peso de 360 g el par y su uso pensado para aproximación y nieve dura sin buscar hielo vertical. El Simond Makalu y el Grivel G12 llevan doce cada uno, con reparto distinto: el Simond distingue dos delanteras, siete laterales y tres de retención, mientras que el Grivel divide sus doce puntas en ocho delanteras y cuatro traseras, una proporción más orientada a terreno técnico. El peso acompaña a esa vocación: 985 g el par en el Simond con su sistema antinieve incluido, y cerca de 896 g en el Grivel, frente a los 360 g del Petzl, casi un tercio.
Fijación: correas, semiautomático y elástico de cadena
El sistema de fijación es, más que el precio, lo que decide con qué bota funciona cada modelo. Los microcrampones se sujetan con un elastómero de silicona que ambos fabricantes -Nortec y Snowline- dan por probado hasta -60 °C: basta con estirarlo sobre la suela y no exige ningún reborde ni ninguna forma concreta de bota, lo que explica que funcionen igual sobre una zapatilla de trail que sobre una bota de invierno gruesa.
Entre los crampones técnicos, el Simond Makalu usa correas delante y detrás, un sistema que Decathlon declara compatible con botas con o sin reborde: es el más versátil en cuanto a calzado, aunque también el que más tiempo lleva ajustar bien la primera vez. El Petzl Leopard FL monta su sistema FlexLock, pensado específicamente para botas de marcha y aproximación sin reborde delantero ni trasero -el propio fabricante recomienda probar el conjunto antes de dar la compra por cerrada-. El Grivel G12 New-Matic Evo es el más exigente con la bota: su talonera trasera necesita un reborde en el talón para enganchar con firmeza, aunque la parte delantera, con su enganche en forma de Y, sí se adapta sin reborde. Montar un crampón semiautomático en una bota que no tiene el reborde que ese sistema necesita es, según recoge también el glosario, la forma más habitual de que el crampón se suelte en el peor momento posible.
Cuándo bastan las cadenas y cuándo hacen falta crampones de verdad
La pregunta que más se repite antes de esta compra es si un microcrampón basta o si conviene ir directamente a un crampón técnico, y la respuesta depende del terreno concreto del día, no solo de la altitud de la ruta. Un microcrampón resuelve bien un sendero con hielo superficial, una pista forestal escarchada o un tramo de nieve pisada y endurecida por otros senderistas: situaciones donde el pie va prácticamente plano. En cuanto el terreno se empina y aparece nieve dura de verdad -la típica costra que deja una helada nocturna sobre la nieve del día anterior-, las puntas cortas y la fijación elástica de un microcrampón dejan de ser suficientes, porque no hay puntas frontales que muerdan la pendiente.
Conviene no confundir tampoco esta elección con la de las raquetas de nieve, que resuelven un problema distinto: hundirse en nieve blanda y profunda, no resbalar sobre nieve dura o hielo. Crampones y raquetas no compiten entre sí -de hecho, es habitual llevar ambos en la misma travesía invernal larga y alternarlos según la hora del día y la orientación de la ladera-, así que la pregunta correcta no es cuál de los dos comprar primero, sino si la ruta concreta va a tener tramos de nieve dura, de nieve blanda profunda, o ambos.
En esos tramos empinados con nieve dura es donde entran los tres crampones técnicos de esta comparativa. No hace falta que sea una pared de hielo: basta con un tramo de veinte o treinta metros de pendiente sostenida y superficie helada, algo habitual en la aproximación a muchas cumbres invernales españolas, para que la diferencia entre llevar y no llevar puntas frontales sea la diferencia entre progresar con seguridad y tener que dar media vuelta. Por eso muchos itinerarios de sierra recomiendan llevar el crampón técnico en la mochila incluso si la previsión apunta a que probablemente no hará falta: pesa menos que la alternativa de quedarse parado a mitad de pendiente sin poder subir ni bajar con garantías.
Dónde se nota en España
En Sierra Nevada, la guía de seguridad invernal de la sierra describe un patrón que se repite en la subida al Veleta y al Mulhacén: se sale de madrugada con la nieve todavía dura por la helada nocturna, y hacia media mañana el sol ya ha ablandado la superficie lo suficiente para que un microcrampón vuelva a ser suficiente en la bajada. Esa ventana horaria es exactamente la razón por la que muchos alpinistas de la zona cargan con los dos tipos de tracción en la misma salida: crampón técnico para la subida en frío, microcrampón de repuesto o ninguno para la vuelta.
En Madrid y el sistema Central, el Peñalara tiene episodios de hielo mucho más cortos e impredecibles que Sierra Nevada -de enero a marzo, y no todos los años-, lo que hace que un microcrampón ligero como el Nortec Alp 2.0 o el Snowline Chainsen Pro sea, para la mayoría de las salidas, la opción que más se va a usar realmente: guardarlo en la mochila todo el invierno pesa poco y evita quedarse sin nada el día que la Cuerda Larga amanece helada.
En el Pirineo, la guía de seguridad del Aneto y la Maladeta deja claro que la vía normal, incluso fuera de pleno invierno, atraviesa tramos de nevero donde un crampón técnico como el Grivel G12 o el Simond Makalu no es opcional, y donde el nevero puede mantenerse duro buena parte del verano en las umbrías más altas. En Canarias, la guía de seguridad del Teide recoge el caso contrario: la nieve aparece de forma esporádica y sin previsibilidad, así que llevar un microcrampón ligero de reserva, sin necesidad de cargar con un crampón técnico completo, suele ser la decisión más razonable salvo que la previsión anuncie una nevada consolidada.