Qué es un nevero y cómo se forma
Durante el invierno las nevadas sucesivas cubren por completo el suelo de la alta montaña. Cuando llegan la primavera y el verano, la nieve se funde y deja al descubierto el terreno, de modo que las manchas blancas se van reduciendo hasta quedar confinadas a los rincones más favorables. Esos retazos que aún resisten son los neveros. Sobreviven gracias a una combinación de factores: orientación al norte, sombra prolongada, fondos de circo y depresiones donde el viento acumula nieve en exceso, y un espesor inicial suficiente para que el deshielo estival no llegue a consumirla por entero. Son masas estáticas, sin desplazamiento propio, lo que las diferencia de los glaciares. Su persistencia depende de cada año y de la altitud.
Nevero, helero, ventisquero y congesta
La terminología popular varía según la región y conviene precisarla. El nevero es la propia mancha de nieve que resiste el calor. El ventisquero, en sentido estricto, es la zona resguardada donde el viento arremolina y acumula la nieve, aunque a menudo se usa como sinónimo de nevero. El helero designa en unos contextos un nevero muy persistente y en otros la placa de hielo que se forma cuando el agua de fusión vuelve a congelarse en las noches frías. En el Pirineo oriental se emplea congesta para la nieve endurecida que perdura. Todos comparten un rasgo: son estáticos. El glaciar, en cambio, fluye, erosiona y transporta materiales que sedimenta en morrenas.
Dónde encontrar neveros y hielo relicto en España
Manchas de nieve estival aparecen en numerosas cordilleras: Pirineos, Picos de Europa, Sierra Nevada, sistema Central o la Cordillera Cantábrica, especialmente en circos sombríos por encima de los 2.000 a 2.500 metros. Pero los únicos glaciares de la Península están en el Pirineo, donde sobrevive alrededor de una quincena de masas glaciares, de las que poco más de una decena conservan movimiento propio. Son las más meridionales de Europa y han perdido cerca del 90 por ciento de su superficie desde mediados del siglo XIX. Fuera del Pirineo solo resisten cuerpos de hielo fósil enterrado bajo bloques: el del Corral del Veleta, en Sierra Nevada, cuya cuenca quedó libre de nieve en 1995, y el del Jou Negro, en Picos de Europa. Son relictos de la Pequeña Edad de Hielo en degradación.
Importancia para el senderista
Para quien camina por la montaña, el nevero es a la vez recurso y trampa. En verano puede ser fuente de agua de fusión y referencia para localizar collados o vías de ascenso. Sin embargo, atravesar un nevero entraña riesgos reales: la nieve vieja se endurece como hielo y un resbalón en una pendiente puede acabar en una caída descontrolada de varios cientos de metros. Bajo el nevero pueden esconderse cavidades, cursos de agua o puentes de nieve que se hunden bajo el peso del caminante, sobre todo a media tarde, cuando la nieve está más blanda. La prudencia aconseja rodearlos si hay alternativa, llevar bastones o piolet y crampones en travesías exigentes, y desconfiar de los bordes y los rotos.
Qué llevar para cruzarlos
Un nevero de primavera se cruza con material, no con confianza. Para pendientes tendidas basta con calzado rígido y polainas, que impiden que la nieve entre por la caña de la bota y empape el pie durante horas. Si la nieve está blanda y se hunde el pie hasta la rodilla —lo habitual a media mañana en mayo y junio—, las raquetas de nieve ahorran un esfuerzo enorme. Cuando el nevero está duro y la pendiente aprieta, ya no es cuestión de comodidad: ahí hacen falta crampones y piolet.