Monfragüe se visita casi siempre desde el mismo sitio: el mirador del Salto del Gitano, con los buitres leonados girando sobre el roquedo y el castillo recortado en lo alto. Esta ruta hace lo contrario. Sale del mismo pueblo —Villarreal de San Carlos, una sola calle de casas que Carlos III mandó levantar en el siglo XVIII para defender del bandidaje a quienes cruzaban la Cañada Real Trujillana entre Trujillo y Plasencia— pero da la espalda al risco y baja a buscar la sombra. Durante los primeros kilómetros el sendero acompaña al arroyo del Malvecino por lo que la Junta de Extremadura describe como vegetación «principalmente de ribera», la que solo aguanta donde el suelo conserva algo de humedad cuando llega el verano. Después sube, sin prisa y sin ningún tramo duro, hasta el Cerro Gimio, un cabezo de 375 metros donde quedan restos de una atalaya romana del periodo republicano y desde donde el cañón del Tajo se entiende de golpe, entero, sin la barrera del parapeto del mirador.
Es la más corta de las siete rutas de colores del parque y la única que se resuelve en una mañana sin que nadie acabe arrastrando los pies. El propio MITECO la clasifica de dificultad baja, y el perfil lo confirma: el track oficial acumula unos 230 metros de subida repartidos en 7,6 kilómetros, con el punto más bajo en el vado del arroyo, a 214 metros, y el más alto en el propio cerro. No hay tramos expuestos ni pasos que exijan las manos.
Conviene saber una cosa antes de salir, porque se decide en los primeros cien metros: de las siete rutas de colores de Monfragüe, solo cuatro se pueden caminar sin trámite —la roja, esta verde, la amarilla y la azul—. Las otras tres (marrón, morada y negra) discurren por zona de reserva y exigen una autorización nominal que hay que llevar encima durante todo el recorrido. Y el arranque de la verde coincide con el del itinerario marrón, así que en cuanto aparece la primera señal de ese color conviene tener claro cuál se está siguiendo. La bifurcación está señalizada, pero el despiste es fácil si uno va charlando.
La otra razón para venir aquí es la que no aparece en los folletos: en el mirador del Salto del Gitano hay coches, telescopios y gente. En el Cerro Gimio, casi nunca. Es el mismo parque y la misma roca, pero la escena cambia por completo cuando uno se la ha ganado subiendo.