El Cañón del Río Lobos es una de esas grietas que la geología ha tallado con paciencia infinita: durante millones de años, el río ha ido excavando las calizas compactas del Cretácico hasta abrir un desfiladero de paredes verticales entre las provincias de Soria y Burgos. Caminar por su fondo es uno de los itinerarios más agradecidos de toda Castilla y León: una senda prácticamente llana, apta para casi cualquiera, que sigue la ribera del río Lobos entre sabinas, choperas y remansos donde flotan los nenúfares. La meta es la Ermita de San Bartolomé, un pequeño templo del siglo XIII envuelto en leyendas, encajado bajo los cortados y acompañado por la Cueva Grande, una enorme oquedad kárstica desde la que se obtiene la postal más reconocible del lugar. Y sobre todo ello, casi sin levantar la cabeza, planean los buitres leonados: la Junta de Castilla y León censó 253 parejas en 2010, el último censo que ha publicado del parque. Son unos 7,1 kilómetros de ida y vuelta desde la entrada sur, junto al aparcamiento de Fuente Engómez, que se hacen en familia y sin prisa.
El parque protege en torno a 9.580 hectáreas desde que fue declarado en 1985, y su seña de identidad es el karst: el agua que vemos correr por el fondo es solo la mitad de la historia, porque el río también trabaja bajo tierra y ha horadado un mundo subterráneo de simas y galerías. La más conocida es la Cueva Galiana Baja, junto al nacedero del río Ucero: el portal de turismo de la Junta le atribuye más de tres kilómetros de galerías y la presenta como una iniciación a la espeleología. Pero conviene no confundirla con la accesible Cueva Grande, frente a la ermita: la Galiana solo se visita en grupos guiados y con reserva previa, nunca por libre. Arriba, el bosque está dominado por la sabina albar (Juniperus thurifera), una conífera relíctica capaz de aguantar los extremos térmicos de la meseta, y el parque reúne cerca de doscientas especies de vertebrados: corzos, jabalíes, nutrias y gato montés por los sotos, y águila real, perdicera, alimoche y halcón en los cortados.
El gran reclamo del recorrido es la Ermita de San Bartolomé. Se levantó en las primeras décadas del siglo XIII, en un románico de transición con influencia cisterciense y portada protogótica. Arrastra desde hace siglos una fama templaria, que es tradición y no un hecho documentado: la declaración de Bien de Interés Cultural, de 2015, la describe como una ermita primigenia de carácter conventual y no menciona a la Orden del Temple. Cuenta además la tradición que el templo equidista del cabo de Creus y del cabo Touriñán, los extremos oriental y occidental de la España peninsular. La leyenda no tiene base documental, pero se puede comprobar: en línea recta hay unos 531 km desde la ermita a cada uno de los dos faros (cálculo de guíarutas sobre OpenStreetMap). Sea como sea, su valor es real: es Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento desde el 7 de mayo de 2015.
Pero si hay un espectáculo casi garantizado en el Cañón del Río Lobos, es el de las aves. Las paredes calizas albergan una colonia de buitre leonado que la Junta de Castilla y León censó en 2010 en 253 parejas, el último censo que ha publicado del parque: basta con detenerse, levantar la vista y dejar que la corriente térmica haga su trabajo para verlos planear inmóviles a la altura de los cortados. Por eso conviene caminar despacio y en silencio, sin salirse de la senda ni acercarse a los farallones en época de cría: la Zona de Reserva está señalizada y respetarla es parte del trato. El nombre de la Senda de las Gullurías, que sale junto a la Casa del Parque, da fe de esa vocación ornitológica: «gulluría» es el nombre local de la totovía, una alondra de monte. El cañón es, ante todo, un lugar para mirar hacia arriba.