Qué es un poljé y por qué es tan especial
El poljé es la pieza más grande del paisaje kárstico, ese relieve labrado por el agua en rocas solubles como la caliza y la dolomía. La palabra viene del esloveno polje («campo» o «llanura»), recogida por la geomorfología centroeuropea que describió por primera vez estas formas en los Balcanes. Y «campo» define bien lo que es: una extensa llanura cerrada, de kilómetros de lado, con el fondo sorprendentemente plano y enmarcada por laderas escarpadas donde aflora la roca caliza. Visto desde el aire parece un valle ancho sin desagüe, una cubeta gigante encajada entre montañas.
Lo que lo distingue de cualquier valle normal es que el agua no sale por un río superficial: la lluvia y los arroyos que recoge desaparecen por sumideros y se infiltran en la red de conductos subterráneos del karst. Es, por tanto, una cuenca cerrada o endorreica, con drenaje invisible, por dentro de la roca. Ese fondo llano y bien drenado, tapizado de sedimentos finos, ha hecho de los poljés desde la antigüedad pequeñas vegas agrícolas en medio de sierras pedregosas: tierra fértil donde, alrededor, solo hay roca desnuda.
De la dolina al poljé: una familia que crece
El poljé no es una forma aislada, sino el último y mayor escalón de una familia de depresiones kársticas que se reconocen por su tamaño creciente. Conviene tener clara la jerarquía, porque sobre el terreno y en el mapa se confunden con facilidad:
- Dolina: la depresión cerrada elemental, de planta circular o elíptica, que va de unos pocos metros a varios centenares. Es la forma más común del karst. La tienes detallada en la ficha de dolina.
- Uvala: depresión mayor y de contorno lobulado, resultado de la unión de varias dolinas vecinas al crecer y romper los tabiques que las separaban. Su fondo es irregular, con varios puntos de absorción.
- Poljé: la gran llanura cerrada de fondo plano, de kilómetros de extensión, bordeada de relieves abruptos y drenada por uno o varios ponors. Es la mayor de todas, y la única cuyo fondo es realmente plano en lugar de cóncavo.
No es que una cosa se transforme mecánicamente en la siguiente —intervienen la estructura de la roca, las fracturas tectónicas y la posición del nivel freático—, pero el esquema ayuda a entender que un campo de dolinas, una uvala y un poljé son expresiones del mismo proceso de disolución a escalas distintas. El rasgo que delata a un poljé frente a una uvala enorme es ese suelo plano y horizontal, fruto de la sedimentación y del trabajo de arrasamiento del agua a la altura del nivel freático.
El ponor: la llave del agua
El elemento que define hidrológicamente al poljé es el ponor (del esloveno, sinónimo de sumidero), el punto por donde el agua abandona la depresión y se hunde hacia el acuífero. Muchos poljés están recorridos por un riachuelo que nace en un manantial al pie de la ladera, atraviesa la llanura y termina por tragarse en un sumidero al otro extremo, para reaparecer kilómetros después en otro valle. Ese caudal subterráneo es muy real: el acuífero kárstico de Sierra Gorda, que alberga el poljé de Zafarraya, llega a descargar más de 100 hectómetros cúbicos al año por manantiales como el de Guaro, según documenta el IGME.
Cuando el agua entra más deprisa de lo que el ponor puede tragar —tras lluvias intensas o una fuerte fusión de nieve—, el fondo del poljé se anega y se forma una lámina de inundación que lo convierte temporalmente en un lago somero. En el poljé de Zafarraya, los ponors pueden incluso reexpulsar agua cuando sube el nivel freático, como ocurrió en diciembre de 1963. Por eso en España estas llanuras inundables reciben nombres tradicionales tan elocuentes como «hoya» (para los poljés más cerrados) o «nava» (para los que se encharcan con facilidad).
Suelos fértiles y «terra rossa»
El fondo de un poljé suele estar cubierto por un relleno de sedimentos finos: arcillas, limos y la característica terra rossa, esa tierra rojiza que la caliza deja como residuo insoluble al disolverse, mezclada con los aluviones que arrastran los arroyos. Es un suelo profundo, llano y relativamente bien drenado, justo lo contrario de las laderas calizas que lo rodean. De ahí que los poljés hayan sido históricamente islas de agricultura en comarcas de montaña: cereal, viñedo, hortícolas o pasto en una cubeta que de otro modo sería piedra. El llano de Zafarraya, por ejemplo, es una vega agrícola productiva encajada en pleno macizo de Sierra Gorda.
Ejemplos de poljé en España
La península ibérica tiene poljés de manual, varios catalogados por el IGME como Lugares de Interés Geológico de relevancia geomorfológica:
- Polje de Zafarraya (Granada, con borde en Málaga) — la mayor depresión kárstica de la península ibérica, de unos 10 × 3,5 km y más de 2.200 hectáreas de fondo plano. Está excavado en calizas del Jurásico inferior de Sierra Gorda, lo surca el arroyo de la Madre y sufre inundaciones periódicas. El IGME lo inventaría como Lugar de Interés Geológico (LIG AND239), de interés geomorfológico e hidrogeológico.
- Vega de Comeya (Asturias) — el mayor poljé de los Picos de Europa, junto a los Lagos de Covadonga. El IGME lo describe como una de las mejores muestras de poljé del macizo: una depresión cerrada, rellena de sedimentos y drenada por sumideros, con la huella añadida del modelado glaciar de la cabecera.
- Hoya de Guadix y poljés del karst subbético andaluz — el conjunto de sierras béticas, en calizas y dolomías mesozoicas, alberga numerosas depresiones de fondo plano que ilustran cómo el agua arrasa la roca a escala de kilómetros.
Precauciones para el senderista
Cruzar un poljé es, en general, un paseo cómodo por terreno llano, pero su propia naturaleza kárstica pide algo de prudencia:
- El fondo es inundable. Tras lluvias intensas o deshielo puede encharcarse o convertirse en laguna temporal en cuestión de horas, porque el ponor no da abasto. Conviene contar con ello al planificar, evitar acampar en el punto más bajo y no menospreciar un cielo amenazante: en estas cubetas cerradas el agua se acumula con rapidez.
- Junto a los bordes y los sumideros pueden abrirse simas y ponors de paredes verticales, a veces ocultos por la vegetación. La regla es la misma que en el lapiaz: no salirse de la traza para asomarse a una sima sin saber qué hay debajo, sobre todo con niebla o hierba alta.
- El suelo arcilloso del fondo se vuelve resbaladizo y pegajoso cuando está mojado; un poljé que en seco se atraviesa sin esfuerzo puede convertirse en un barrizal incómodo tras la lluvia.
Reconocer un poljé sobre el mapa también es buen ejercicio de lectura del terreno: aparece como una amplia superficie llana —curvas de nivel muy espaciadas— rodeada de un anillo de curvas apretadas que marcan las laderas abruptas, y sin ningún río que salga del recinto. Esa combinación de llanura cerrada y bordes empinados, sin desagüe visible, es la firma inconfundible de la mayor de las formas del karst.