Geología de montaña · nivel intermedio

Dolina.

La depresión cerrada del relieve kárstico (torca, hoya o torca de hundimiento)

Una dolina —llamada también torca, hoya o torca de hundimiento según la región— es una depresión cerrada del relieve kárstico, de planta circular o elíptica y tamaño que va de unos pocos metros a varios centenares, formada por la disolución de la roca caliza por el agua o por el colapso del techo de una cavidad subterránea. Es la forma superficial más característica del karst: su fondo cerrado, sin salida visible para el agua, drena hacia el subsuelo por sumideros y a menudo se cubre de la arcilla rojiza de descalcificación (terra rossa). Cuando varias dolinas crecen y se unen forman uvalas, y la fusión de muchas puede llegar a originar un polje.

Qué es y por qué su fondo no tiene salida

La dolina es la forma más típica del paisaje kárstico, ese relieve labrado en rocas solubles como la caliza y la dolomía. Su rasgo definitorio es ser una depresión cerrada: una hondonada de planta circular o elíptica cuyo fondo no tiene una salida superficial para el agua. La lluvia que cae dentro no escurre hacia un arroyo, sino que se sume hacia el interior a través de fracturas o de un sumidero central, y desaparece en la red de conductos subterráneos del karst. Por eso, en las zonas de dolinas casi no hay ríos en superficie: el drenaje es invisible, por dentro de la roca.

En España estas depresiones reciben nombres locales muy arraigados: torca en la Serranía de Cuenca, hoya en buena parte del interior, nava o navazo en otras comarcas. El término científico, dolina, procede del esloveno dolina («valle»), recogido por la geomorfología centroeuropea que primero describió el modelado kárstico clásico. En el fondo de muchas dolinas se acumula una arcilla rojiza, la terra rossa o arcilla de descalcificación, residuo insoluble que deja la caliza al disolverse y que hace de esos suelos cerrados pequeños vasos fértiles, a menudo cultivados desde antiguo.

Cómo se forma: disolución frente a colapso

El motor del karst es la disolución química. El agua de lluvia absorbe dióxido de carbono y se vuelve un ácido carbónico muy diluido que ataca el carbonato cálcico de la caliza y lo disuelve a lo largo de las fracturas (diaclasas). A partir de ahí, una dolina puede nacer por dos caminos muy distintos, y distinguirlos sobre el terreno es la clave para leer su forma:

  • Dolina de disolución: el agua ensancha poco a poco las grietas de la superficie y va vaciando la roca desde arriba, sin que nada se desplome. El hueco crece despacio y la cobertera de suelo se adapta hundiéndose con suavidad, de modo que la depresión queda con paredes tendidas, forma de cubeta o de embudo. Es el tipo más extendido en los campos de dolinas.
  • Dolina de colapso o de hundimiento: en profundidad, la disolución ha excavado una cavidad —una cueva— cuyo techo termina por no sostenerse y se desploma de golpe. El resultado en superficie es una depresión de paredes verticales y escarpadas, casi un pozo de bordes abruptos. Es la forma de las espectaculares torcas conquenses.
  • Dolina de subsidencia o aluvial: cuando sobre la caliza hay un manto de materiales sueltos (gravas, arcillas), el agua arrastra esos finos hacia los conductos del karst por sufosión y la cobertera se hunde poco a poco; aparecen depresiones suaves, sin afloramiento de roca, que en zonas urbanas son un conocido problema de cimentación.

La diferencia es práctica además de académica: el colapso es un proceso brusco, a corto o medio plazo, mientras que la disolución y la subsidencia actúan de forma lenta y progresiva. Donde el techo de una cavidad está cerca de la superficie, el hundimiento puede ser repentino, y de ahí el riesgo geotécnico que estas formas plantean en obra civil.

De la dolina al polje: una cuestión de escala

Las dolinas no son formas aisladas, sino el primer eslabón de una familia de depresiones kársticas que se reconocen por su tamaño creciente:

  1. Dolina: la depresión cerrada elemental, de unos metros a unos cientos de metros de diámetro.
  2. Uvala: depresión mayor y de contorno lobulado, resultado de la unión de varias dolinas vecinas al crecer y romper los tabiques que las separaban. El fondo es irregular, con varios sumideros.
  3. Polje: una gran llanura cerrada de fondo plano, de kilómetros de extensión, bordeada de relieves abruptos y a menudo inundable por un río que se sume al final en un sumidero (ponor). Es la mayor de las depresiones kársticas.

No es que una cosa se convierta mecánicamente en la siguiente —intervienen la estructura de la roca, las fracturas y la posición del nivel freático—, pero el esquema ayuda a entender que un campo de dolinas, una uvala y un polje son expresiones del mismo proceso de disolución a escalas distintas. En el terreno, la dolina convive además con el lapiaz de la superficie rocosa y con las marmitas de los cauces cercanos: todas son piezas del mismo mecano kárstico.

Ejemplos de manual en España

La Península tiene algunos de los campos de dolinas más didácticos de Europa, varios catalogados por el IGME como Lugares de Interés Geológico:

  • Torcas de los Palancares (Cuenca) — dentro del Monumento Natural Palancares y Tierra Muerta, uno de los conjuntos kársticos mayores de España. Son torcas de colapso labradas en calizas y dolomías del Cretácico Superior; el IGME documenta más de treinta, con la Torca Larga llegando a unos 450 metros de diámetro y la Torca Honda a medio centenar de metros de profundidad. Donde se unen forman uvalas.
  • Lagunas de Cañada del Hoyo (Cuenca) — siete torcas de paredes verticales que el agua subterránea ha llenado, convirtiéndolas en lagunas de aguas teñidas de colores singulares. La Laguna del Tejo supera los 30 metros de profundidad. Son dolinas de colapso anegadas, un caso de libro.
  • Torcal de Antequera (Málaga) — uno de los paisajes kársticos más espectaculares del continente. Entre sus laberintos de roca esculpida se abren numerosas dolinas que retienen suelo y vegetación, en contraste con el lapiaz desnudo de los callejones.
  • Sierra de Atapuerca (Burgos) — aquí la geología se cruza con la prehistoria: los célebres yacimientos como la Gran Dolina son antiguas dolinas y galerías del karst que, rellenas a lo largo de cientos de miles de años por sedimentos, han conservado restos humanos del Pleistoceno. Una dolina convertida en archivo del tiempo.

Qué significan para el senderista

Caminar por un campo de dolinas tiene su gracia y su prudencia. La gracia es el paisaje: hondonadas verdes y cerradas que rompen la monotonía de la altiplanicie caliza, fondos cultivados o encharcados, lagunas escondidas. La prudencia tiene que ver con los bordes y los sumideros:

  • Las dolinas de colapso tienen paredes verticales que pueden estar tapadas por vegetación: conviene no asomarse al filo por terreno que no se ve bien y mantenerse en los senderos señalizados, sobre todo con niebla o con la hierba alta.
  • En karst es habitual que junto a las dolinas haya simas y sumideros abiertos, a veces poco visibles. La regla es la misma que en el lapiaz: vigilar dónde se pisa y no salirse de la traza para curiosear sin saber qué hay debajo.
  • Muchas dolinas se encharcan o inundan tras lluvias intensas porque su drenaje subterráneo no da abasto; el fondo puede volverse barrizal o laguna temporal. Conviene contar con ello al planificar la ruta.

Identificar una dolina sobre el mapa es además un buen ejercicio de lectura del terreno: en la cartografía topográfica aparecen como curvas de nivel cerradas y concéntricas con la marca de depresión (las pequeñas líneas perpendiculares que apuntan hacia el fondo), señal inequívoca de que aquel hoyo no es un cerro, sino una hondonada del karst.

Preguntas frecuentes

Lo que más se pregunta.

¿Qué es exactamente una dolina y por qué se considera la forma típica del karst?

Una dolina es una hondonada cerrada del terreno, de planta más o menos circular, sin desagüe hacia la superficie, que se excava en rocas solubles como la caliza. El agua que recibe no forma arroyos: se filtra hacia el interior y alimenta la red subterránea. Por eso se la considera la señal inequívoca de un paisaje kárstico, donde el drenaje circula por dentro de la roca y apenas hay ríos en la altiplanicie. Su tamaño abarca desde unos pocos metros hasta varios cientos.

¿Cuál es la diferencia entre una torca y una dolina?

No son cosas distintas: torca es el nombre popular que recibe la dolina en la Serranía de Cuenca y en buena parte del interior peninsular. Cuando se habla de torca suele aludirse, además, a una dolina de paredes verticales y abruptas, como las espectaculares oquedades de los Palancares, frente a la dolina de disolución, que tiene laderas más tendidas en forma de embudo. Junto a torca conviven otros nombres locales como hoya, nava o navazo, todos para la misma depresión cerrada del relieve.

¿Cómo se forma una dolina de colapso?

Una dolina de colapso aparece cuando, en profundidad, la disolución de la caliza ha vaciado una cueva cuyo techo deja de sostener su propio peso y se desploma. En superficie queda una depresión de bordes verticales, casi un pozo de paredes escarpadas. A diferencia de la dolina de disolución, que crece despacio durante miles de años, el colapso puede ser un proceso brusco: por eso plantea un riesgo geotécnico real cuando ocurre cerca de obras o caminos. Las torcas conquenses son el ejemplo de manual de este mecanismo.

¿Qué relación hay entre una dolina, una uvala y un polje?

Son tres escalas crecientes de la misma familia de depresiones cerradas del karst. La dolina es la pieza elemental; cuando varias dolinas vecinas crecen y se fusionan rompiendo los tabiques que las separan, forman una uvala, de contorno lobulado y varios sumideros. El paso siguiente es el polje, una gran llanura cerrada de fondo plano y kilómetros de extensión, bordeada de relieves abruptos y a veces inundable. No es una transformación automática, pero las tres expresan el mismo proceso de disolución a tamaños distintos.

¿Dónde se pueden ver buenos ejemplos de dolinas en España?

La Serranía de Cuenca concentra los conjuntos más didácticos: las Torcas de los Palancares reúnen alrededor de treinta torcas labradas en calizas del Cretácico Superior, con la Torca Larga rondando los 450 metros de diámetro. Cerca, las Lagunas de Cañada del Hoyo son siete torcas anegadas de aguas de colores, con la Laguna del Tejo en torno a los 32 metros de profundidad. El Torcal de Antequera, en Málaga, esconde numerosas dolinas entre sus laberintos de roca, y la Sierra de Atapuerca, en Burgos, debe su Gran Dolina a una antigua cavidad kárstica rellena de sedimentos que conservó restos humanos del Pleistoceno.

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