Hay miradores y hay el mirador. El camino de acceso a la Ermita de San Frutos es de los segundos: apenas un kilómetro escaso de tierra por una lengua de páramo calizo que se va estrechando hasta dejarte, casi sin avisar, sobre el vacío. Abajo, encajado decenas de metros bajo tus pies, el río Duratón dibuja uno de los meandros más fotografiados de España; encima del promontorio, la pequeña ermita románica de un antiguo priorato benedictino vigila el recodo desde hace casi mil años. Son unos 1,9 kilómetros de ida y vuelta desde el aparcamiento al final de la pista de Villaseca, llanos y aptos para casi todo el mundo, con un mirador del cañón a solo 200 metros en el que casi siempre verás planear a los buitres leonados —aquí está la mayor colonia de Europa— a la altura de los ojos. Lo que no perdona este paraje es el filo: los cortados verticales no tienen barandilla continua, así que la prudencia, sobre todo con niños, no es un consejo, es la regla.
El Parque Natural de las Hoces del Río Duratón, en el nordeste de la provincia de Segovia, protege el largo cañón que el río ha excavado en la roca caliza del páramo, con paredes que en algunos tramos superan los setenta metros de caída vertical. Es Zona de Especial Protección para las Aves y debe buena parte de su fama a una sola especie: el buitre leonado, que anida en las repisas y las grietas de los cortados formando aquí la colonia más numerosa de Europa. Desde el mirador habilitado que encuentras a unos 200 metros del aparcamiento, sobre el meandro y el embalse de Burgomillodo, lo normal es verlos describir círculos a tu misma altura, aprovechando las térmicas que suben de la hoz. Es uno de los grandes espectáculos faunísticos del interior peninsular y no cuesta nada disfrutarlo.
El destino del paseo es la Ermita de San Frutos, levantada en el extremo del promontorio que el meandro casi convierte en isla. La iglesia románica que hoy se ve fue consagrada en el año 1100 —es decir, a finales del siglo XI— sobre los restos de una construcción visigótica anterior del siglo VII, y formó parte de un priorato dependiente del monasterio de Silos. Para acceder a su recinto hay que cruzar el puente de «La Cuchillada», una obra de piedra de 1757 que salva una profunda grieta natural; la leyenda local cuenta que la abrió San Frutos de un golpe de báculo para detener a los invasores. El conjunto, austero y diminuto, vale tanto por sí mismo como por el balcón sobre el que se posa: uno de los más espectaculares de toda Castilla y León.
La clave práctica de esta ruta es entender qué está regulado y qué no. El camino de acceso a la ermita —la llamada «Senda 4» del parque— está abierto todo el año y no necesita ningún permiso para el senderista individual: se aparca, se anda el kilómetro escaso y se vuelve. Cosa muy distinta son las sendas largas del fondo del cañón, dentro de la Zona de Reserva —en especial la que une el Puente de Talcano con el de Villaseca—, que sí requieren autorización gratuita de la Casa del Parque de Sepúlveda entre el 1 de enero y el 31 de julio por la cría del buitre leonado, con cupos limitados. Mucha gente confunde una cosa con la otra; aquí, para asomarse a la ermita y al mirador, no hace falta reservar nada, solo madrugar para encontrar sitio en el aparcamiento.