La Ruta del Litoral recorre nueve kilómetros de costa entre campos de lava negra y el Atlántico en el Parque Nacional de Timanfaya, el único parque nacional español con carácter predominantemente geológico. Es también la única excepción a la regla que define este parque: el interior no se puede recorrer a pie por libre, pero el litoral discurre por dominio público costero y el propio MITECO contempla hacerlo libremente o con guía. Que sea legal no lo hace amable: la propia ficha oficial clasifica el recorrido completo como de gran dificultad por el terreno abrupto de lavas y malpaís, sobre un suelo que tiene doscientos noventa años en superficie y más de 600°C a trece metros de profundidad. Para la mayoría de los visitantes, la forma sensata de conocer este litoral es el tramo guiado oficial y gratuito: 2,8 kilómetros desde El Golfo hasta la Playa del Paso con un guía del Organismo Autónomo de Parques Nacionales (OAPN), unas tres horas entre ida y vuelta, previa reserva en reservasparquesnacionales.es.
El 1 de septiembre de 1730, entre las diez y las once de la noche, el suelo se abrió en el paraje de Chimanfaya, en el interior de Lanzarote. El párroco de Yaiza, Andrés Lorenzo Curbelo, fue el cronista de lo que vino después: durante cinco años y siete meses, la isla ardió. Treinta y dos nuevos volcanes nacieron en una franja de dieciocho kilómetros. Más de cien conos menores salpicaron las Montañas del Fuego. La lava enterró entre nueve y once localidades y cubrió la cuarta parte de la isla, incluyendo las tierras agrícolas más fértiles. Fue la erupción más larga de la historia de las islas Canarias, y el paisaje que hoy recorre la Ruta del Litoral es directamente el resultado de aquellos cinco años de fuego: no hay intermediarios geológicos entre el visitante de 2026 y las entrañas de la tierra de 1730.
La última erupción en Timanfaya no fue la de 1730. En 1824, tres nuevos conos volcánicos —Tinguatón, Tao y del Fuego— emergieron en el extremo norte del campo de lavas. Dos años es lo que tardó la tierra en añadir su último capítulo conocido a esta historia. Desde entonces, el silencio. Pero no el enfriamiento: las mediciones actuales registran entre 100 y 120°C en la superficie del núcleo del parque, y a solo trece metros de profundidad el termómetro alcanza los 600°C. El Islote de Hilario, dentro del parque, lo demuestra de forma práctica: cuando los técnicos del OAPN vierten agua en las grietas del suelo, el vapor sube en décimas de segundo, impulsado por el calor subterráneo. El famoso Restaurante El Diablo, diseñado por César Manrique y construido en 1970 sobre el propio Islote de Hilario, cocina sus platos con el calor volcánico directo del subsuelo, a temperaturas que rondan los 300°C: uno de los restaurantes más singulares del mundo y una demostración a gran escala de que Timanfaya no es un volcán apagado sino uno que descansa.
La razón de que el interior de Timanfaya no se pueda recorrer a pie por libre —la franja costera de la Ruta del Litoral es la única excepción, por ser dominio público— tiene dos dimensiones, una geológica y una biológica, y ambas son igualmente sólidas. La primera: la costra de lava solidificada tiene en muchos puntos un grosor de apenas unos centímetros sobre cavidades de aire o sobre material aún en proceso de consolidación. Un peso humano sobre zonas no evaluadas puede provocar el colapso de esa costra. La segunda: sobre la lava negra de 1730, los primeros colonizadores biológicos son las colonias pioneras de líquenes —crustosos, foliosos, de tonos amarillo-mostaza, naranja y gris sobre el basalto— que son organismos extraordinariamente frágiles. Un solo pisotón puede destruir una colonia que ha tardado décadas en establecerse. Los líquenes son los ingenieros de suelo en este ecosistema: son quienes preparan la roca para que, con el tiempo medido en siglos, puedan llegar plantas superiores. Destruirlos no es estropear una foto; es retroceder el reloj de la sucesión ecológica.
El Parque Nacional de Timanfaya fue declarado el 9 de agosto de 1974 mediante la Ley 5/1974, que protegió 5.107 hectáreas en los municipios de Tinajo y Yaiza. En 1993, toda la isla de Lanzarote —con Timanfaya como zona núcleo— fue declarada Reserva de la Biosfera UNESCO. En 2021, el parque recibió 803.625 visitantes, lo que lo convirtió en el cuarto parque nacional más visitado de España, pese a ser el de menor extensión entre los terrestres y el único cuyo interior solo se visita de forma guiada. La popularidad de Timanfaya no se explica solo por el paisaje marciano de sus lavas: se explica porque el parque ofrece algo que muy pocos lugares en el mundo pueden ofrecer, que es la posibilidad de pararse sobre terreno que literalmente cocina bajo los pies del visitante y que aún guarda en sus entrañas la temperatura de una erupción que empezó mientras los tatarabuelos de los mayores de hoy estaban ya vivos.