El Torcal de Antequera es un paisaje kárstico de caliza de formas espectaculares: un campo de roca caliza esculpido por la lluvia y el hielo durante millones de años hasta convertirse en un laberinto de torres, callejones y depresiones circulares, a más de mil doscientos metros de altura y a menos de una hora de Málaga. La Ruta Amarilla es la manera de adentrarse en su corazón: un bucle de 2,7 kilómetros (unas dos horas, según el folleto de la Junta) que arranca en el aparcamiento del Centro de Visitantes del Torcal Alto y se interna en el lapiaz, ese suelo de caliza acanalada y cortante, entre paredes de varios metros, por el callejón del tabaco, junto a rocas con nombre propio como «el Robot» y por los hoyos de la burra y de la rucha, y entre torcas, las dolinas que dan nombre al paraje. La Junta la califica de dificultad «Media» en su folleto; en esfuerzo es llevadera, con unos 50 metros de diferencia de cota, y lo que cuenta es el terreno: piedra irregular y, entre bloques muy parecidos, el riesgo de perder el sendero. Como consejo nuestro, conviene seguir las balizas amarillas y no salirse del sendero marcado. A cambio, se camina por el fondo de un mar del Jurásico levantado hasta el cielo, con buitres leonados sobrevolando y cabras monteses que apenas se inmutan al verte pasar.
La roca que se pisa fue fondo marino. Las calizas del Torcal se depositaron en un mar cálido y poco profundo durante el Jurásico, hace unos 150 millones de años según la Junta de Andalucía, y todavía guardan fósiles de ammonites, aquellos moluscos en espiral que poblaban los océanos antes de los dinosaurios. Mucho después, el mismo empuje alpino que levantó las cordilleras Béticas plegó y alzó estos estratos por encima de los mil trescientos metros, y desde entonces la lluvia y la nieve los disuelven sin descanso. El resultado es un relieve kárstico de manual: el agua se cuela por las grietas, ensancha las fracturas, redondea las torcas y deja en pie los bloques más resistentes, dando lugar a este caos de torres aparentemente apiladas a mano.
El propio nombre lo explica: «Torcal» viene de las torcas, las depresiones circulares donde el agua se infiltra y excava la roca desde dentro. El senderista camina entre ellas sin advertir que avanza sobre un queso geológico horadado por simas y conductos. Las torres tienen apodo —El Tornillo, catalogado Monumento Natural en 2001, queda a unos 450 metros del aparcamiento, fuera de esta ruta; El Sombrerillo está a unos 1.000 metros al norte, junto al Camorro— y son obra de la erosión diferencial: los estratos más blandos se desgastan antes que los duros y dejan figuras que parecen a punto de derrumbarse. Conviene aclararlo sin rodeos: la Ruta Amarilla es un bucle de meseta entre callejones, no una ascensión. El techo del paraje, el Camorro de las Siete Mesas (1.336 m), queda a unos 950 metros al norte de este sendero y no forma parte de él. El centro de visitantes organiza la Ruta de los Ammonites, solo con guía, de unos 4,5 kilómetros y sin balizar, pero su web no detalla el itinerario; quien venga buscando una cumbre se equivoca de itinerario.
Es un laberinto de verdad. Callejones como el callejón del tabaco encajonan al caminante entre muros de varios metros, y es fácil perder la orientación entre bloques parecidos. Nuestro consejo es no abandonar nunca las marcas de color —verde para el bucle corto, amarillo para este—, llevar el mapa del centro y, con niebla, no improvisar atajos; el centro de visitantes ofrece además visitas guiadas de pago. El acceso, por su parte, se ha vuelto un acto regulado por su propio éxito: en fines de semana y festivos, y otros días de mucha afluencia, se restringe el acceso de coches particulares al aparcamiento superior y hay que subir en lanzadera (3 euros por persona, ida y vuelta, según la web oficial consultada el 3 de noviembre de 2026) desde el aparcamiento inferior, aunque autobuses, taxis y vehículos con tarjeta de movilidad reducida quedan exentos. Con el superior cerrado también se puede subir a pie por el sendero «Subida al Torcal Alto»: 3,6 kilómetros de ida y unos 260 metros de desnivel por terreno muy pedregoso. El paraje y el centro son gratuitos, y desde 2016 todo este conjunto forma parte del bien Patrimonio Mundial de la UNESCO «Sitio de los Dólmenes de Antequera», que hermana la geología con el megalitismo del valle.