Qué es el quejigo y por qué se reconoce en invierno
El quejigo (Quercus faginea) es una especie del género Quercus, el mismo de encinas, alcornoques y robles. Puede alcanzar los 20 metros de altura, aunque a menudo aparece como árbol mediano o porte arbustivo en suelos pobres. Su rasgo más característico es la marcescencia: pese a ser de hoja caduca, conserva las hojas secas y pardas adheridas a las ramas durante buena parte del invierno y no las suelta hasta que rebrota en primavera. Por eso, en pleno enero, un quejigar destaca por sus manchas color canela en laderas donde la encina permanece de un verde oscuro. Recibe muchos nombres populares según la comarca: roble carrasqueño, roble valenciano o, en muchos lugares, rebollo, el mismo nombre que recibe el melojo.
Un árbol a medio camino entre la encina y el roble
El quejigo ocupa un escalón intermedio dentro del bosque ibérico. Es más exigente en humedad y frescor que la encina, pero más resistente a la sequía estival que los robles atlánticos. Por eso suele instalarse en umbrías, vaguadas y suelos algo más profundos dentro del dominio del encinar, así como en montañas de clima mediterráneo continental no extremado. Sus hojas, de borde dentado, son intermedias en tamaño y dureza entre la hoja coriácea de la encina y la hoja blanda y muy lobulada del roble. Se reconocen dos subespecies principales en la península: faginea, de hojas pequeñas y aserradas, propia de suelos calizos de montaña y más resistente a las heladas, y broteroi, el quejigo lusitano, de hojas mayores, apenas dentadas y aterciopeladas por el envés, que crece sobre suelos ácidos del suroeste en climas más húmedos y templados.
Dónde encontrar quejigares en España
El quejigo es un árbol propio del Mediterráneo occidental y en la península está repartido de forma muy amplia: aparece en casi todas las regiones salvo Galicia, donde está prácticamente ausente, y es más escaso en la franja atlántica del norte. Es especialmente notable en las montañas del centro y sur, donde en las sierras meridionales supera los 1.500 metros de altitud. Forma masas reseñables en macizos como la Sierra de las Nieves y la Sierra de Grazalema, Sierra Mágina, el Parque Nacional de Cabañeros o sierras del interior valenciano. Los quejigares maduros, con árboles de copa amplia, arces entre ellos y una orla de majuelo, guillomo y aligustre, están reconocidos como hábitat de interés a escala europea.
El quejigo para el senderista
Caminar por un quejigar en otoño e invierno regala una de las estampas más bonitas del bosque mediterráneo: la luz baja atravesando el follaje seco color cobre. Estos bosques ofrecen sombra fresca en verano y son refugio de fauna: las bellotas, normalmente amargas y de pie corto, alimentan a jabalíes, ciervos y aves. Para identificarlo sobre el terreno, fíjate en las hojas pardas que permanecen en la rama en pleno invierno, un rasgo que lo distingue de la encina perenne. Como en cualquier monte mediterráneo, conviene revisarse al terminar la jornada por la posible presencia de garrapatas en el sotobosque y la hojarasca; ante una picadura con inflamación, fiebre o malestar, acude a un centro médico.