Qué es un ibón
Ibón es el nombre con el que en el Pirineo aragonés se conoce a los lagos de alta montaña de origen glaciar. Es un localismo: lo que en Aragón se llama ibón, en el Pirineo catalán se denomina estany (estanh en aranés) y en la vertiente francesa, lac. Aunque cambie la palabra, todos designan lo mismo, pequeñas masas de agua dulce y fría heredadas de los antiguos glaciares.
Sus aguas, que proceden del deshielo de nieve y neveros, suelen ser muy transparentes porque buena parte de los ibones se asientan sobre rocas ígneas con suelos poco desarrollados que apenas aportan sedimentos. Esa pureza, sumada a su encaje entre cumbres, los ha convertido en uno de los paisajes más reconocibles y visitados del Pirineo.
Cómo se forma: la huella del hielo
La mayoría de los ibones son formaciones geológicamente recientes, surgidas durante la última glaciación, cuando los glaciares pirenaicos alcanzaron su máxima extensión hace más de 30.000 años. La enorme presión del hielo sobre el terreno, sobre todo donde la pendiente se suavizaba, fracturaba y desgastaba la roca y excavaba depresiones cerradas conocidas como cubetas de sobreexcavación glaciar.
Al retirarse el hielo en el deshielo posterior, esas cubetas quedaron al descubierto y se inundaron con el agua del deshielo de glaciares y neveros, dando lugar a los ibones actuales. Muchos ocupan el fondo de un circo glaciar, el anfiteatro rocoso donde nacía la lengua de hielo, y en ocasiones varios se escalonan a lo largo de un mismo valle.
Cuántos ibones hay y dónde
Aragón concentra el mayor número de lagos glaciares de la Península. Las cifras varían según el criterio de medición: la Confederación Hidrográfica del Ebro registra unos 197 ibones, mientras que otras estimaciones elevan la cuenta hasta 245 si se cuentan todos los mayores de 0,2 hectáreas de superficie.
Se distribuyen por toda la alta montaña pirenaica oscense, desde el valle de Ansó hasta el macizo de Aneto. La mayoría se sitúan por encima de los 2.000 metros de altitud y aproximadamente un tercio supera los 2.500 metros. Algunos de los más conocidos son el ibón de Estanés, los de Anayet, el de Sabocos, el de Ip y el de Marboré, a los pies del Monte Perdido.
El ibón y el cambio climático
Los ibones no son paisajes inmóviles. El retroceso acelerado de los últimos glaciares pirenaicos, prácticamente extintos en su variante de hielo activo, está dejando al descubierto nuevas cubetas que se llenan de agua: en las últimas décadas han aparecido ibones jóvenes al pie de los frentes glaciares en regresión, auténticos termómetros del calentamiento en alta montaña.
Para el senderista, esto convierte a los ibones en un testimonio visible del cambio climático y en un entorno frágil. Conviene recordar que muchos se encuentran dentro de espacios protegidos, donde el baño puede estar restringido y la fauna y la flora son sensibles. Respetar la señalización, no dejar rastro y acudir bien equipado son la norma en estos parajes de montaña.