Pocas rutas cortas cargan tanta historia por kilómetro: esta circular une el Monasterio de Yuso, el grande del valle, con el Monasterio de Suso, el cenobio altomedieval excavado en la ladera donde un monje anotó al margen de un códice las Glosas Emilianenses — uno de los primeros testimonios escritos del romance que acabaría siendo el castellano. Ambos forman el conjunto Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1997. El paseo, de 2,3 kilómetros medidos y unos 150 metros de desnivel, sube por un pinar de repoblación y baja por la ladera del robledal, por los dos caminos peatonales que señalizó el Gobierno de La Rioja.
La gracia de hacerlo andando — y no en el autobús que sube a las visitas — es leer el valle como lo leyeron sus habitantes durante mil años: Suso ("el de arriba") fue primero, un eremitorio del siglo VI ampliado en época visigótica y mozárabe; Yuso ("el de abajo") llegó en el siglo XI, cuando la comunidad creció y bajó al llano. Entre ambos median apenas un kilómetro de senda y cinco siglos de historia monástica. En el escritorio de este valle, además de las Glosas, escribió sus versos Gonzalo de Berceo, el primer poeta de nombre conocido en castellano.
Conviene saber una cosa antes de ir: subir a pie no da acceso al interior de Suso. La carretera está cerrada al vehículo privado y la visita interior exige reserva previa y el autobús oficial que sale de Yuso. El caminante llega hasta la explanada y el exterior del cenobio — que ya justifica la subida, con la vista del valle y de Yuso a sus pies — y, si quiere entrar, debe cuadrar horarios con la reserva. Es la fórmula que protege un edificio frágil que abre 363 días al año.
Aunque la ruta es corta y de dificultad baja, no es un paseo urbano: la senda del pinar gana los 120 metros de ladera con rampas constantes, y la bajada por el robledal resbala con barro tras las lluvias. Para familias funciona muy bien en cualquier época: en verano el bosque da sombra casi continua, y en otoño el contraste entre el pinar de repoblación de los años cincuenta y el robledal autóctono es una lección de paisaje en miniatura.