El cañón do Sil es el gran tajo de la Ribeira Sacra: una garganta que el río ha encajado entre paredes que en algunos puntos rozan los 500 metros sobre el agua, tapizadas de viñedo heroico en bancales casi verticales. El PR-G 98 recorre en un bucle de 18,7 kilómetros la cornisa de la orilla sur, la de Parada de Sil, asomándose a los miradoiros del Sil —los célebres Balcóns de Madrid, Torgás, O Fental, Fontiña— y bajando hasta el monasterio románico de Santa Cristina de Ribas de Sil, escondido entre castaños centenarios. Es una jornada larga, de unas seis horas, que combina lo mejor de este rincón de Ourense: el vértigo del cañón, el paisaje cultural del vino y un románico rural de los que dejan huella. No es ruta de alta montaña, pero el desnivel se acumula en los continuos sube-y-baja de los balcones y exige fondo.
El cañón do Sil no nació como un cañón clásico, excavado pacientemente por el río de arriba abajo, sino que tiene un origen tectónico: durante el Cuaternario, el vuelco de la antigua penillanura fracturó el terreno en gigantescos bloques graníticos y el Sil se encajó aprovechando esas grietas, abriendo paredes que entre el fondo del río y la cima de Pena do Alfaiate superan los 900 metros de pared en muy poca distancia horizontal. Ese desplome explica el microclima casi mediterráneo del fondo del cañón, una anomalía en plena Galicia atlántica, y la razón de que aquí prospere la vid. Todo el conjunto está protegido como Red Natura 2000 (Zona Especial de Conservación de los Canóns do Sil) y es refugio de rapaces rupícolas: águila calzada, culebrera europea, abejero y halcón peregrino crían en estos cortados, mientras la nutria patrulla las orillas.
El nombre de los Balcóns de Madrid guarda una historia de emigración. Desde este balcón natural, a unos quinientos metros sobre la lámina del embalse, las familias de emigrantes despedían a los suyos cuando partían cruzando el Sil rumbo a América o a la capital: de ahí ese «Madrid» en un mirador perdido en el interior de Ourense. El paisaje que se contempla, eso sí, no es del todo natural: los embalses de Santo Estevo (levantado entre 1945 y 1957) y San Pedro elevaron y calmaron el río, transformando los antiguos rápidos en la lámina de agua quieta que hoy reflejan las paredes y por la que se deslizan los catamaranes turísticos. En la otra orilla, en Sober (Lugo), se ve el mirador de Cadeiras, justo enfrente: pertenece al concello vecino y no se pisa en esta ruta.
El otro gran hito del recorrido es el monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil, uno de los mejores ejemplos del románico rural gallego. Se levantó entre los siglos XII y XIII sobre testimonios escritos anteriores y perdió su autonomía en 1508, al convertirse en priorato dependiente del cercano monasterio de San Estevo. Hoy se visitan la iglesia, la torre y parte del claustro, todo ello envuelto en un castañar sombrío que multiplica el encanto del lugar. Queda a unos 185 metros de la traza principal, por un ramal señalizado que baja y luego obliga a recuperar la cota; merece el desvío, pero conviene comprobar antes su horario, porque tiene entrada (alrededor de 2 €) y abre por temporada. Y un apunte de 2026: desde este año los vehículos privados no pueden acceder al monasterio fuera del horario de apertura, y en Semana Santa el acceso se hace en bus lanzadera.