Los bufones de Pría son uno de los fenómenos más asombrosos del litoral cantábrico: chimeneas verticales abiertas en lo alto del acantilado que comunican con cuevas marinas excavadas a sus pies. Cuando la marea sube y entra mar de fondo, el agua y el aire comprimidos buscan salida y brotan al exterior en surtidores pulverizados que pueden superar los diez metros, acompañados de un bramido que se oye a kilómetros. El sendero PR-AS 57 recorre este prodigio sobre la rasa caliza de la Costa Oriental, entre Llanes y Ribadesella: un itinerario circular de 12,9 kilómetros casi llano —apenas se mueve entre los cinco y los cincuenta y cinco metros sobre el mar— que arranca en la aldea de Llames de Pría, baja a la playa fluvial de Guadamía y sigue el cordal por el campo de bufones de Llames, el llamado Bramadoriu. Es una ruta apta para casi todo el mundo por su escaso esfuerzo técnico, pero con una advertencia que no admite matices: discurre al borde del acantilado y los orificios caen directos al mar. Nunca hay que asomarse.
Un bufón nace cuando el oleaje horada una cueva en la base del acantilado calizo y, con el paso de los milenios, el techo de esa cueva acaba conectando con la superficie de la rasa a través de una grieta o un pozo vertical. La caliza del Cantábrico, blanda y soluble, es el material perfecto para que el mar talle estos conductos. En calma no son más que agujeros en una pradera donde pastan las vacas; pero en cuanto el Cantábrico se embravece y la marea llena las cuevas, la presión expulsa el agua hacia arriba en columnas humeantes. El nombre popular del campo de Pría, el Bramadoriu, lo dice todo: cuando bufa de verdad, no solo se ve, se oye bramar.
El itinerario oficial dibuja un círculo de unos trece kilómetros que combina lo mejor de esta costa. Desde Llames de Pría se desciende a la playa de Guadamía, una cala fluvial encajada en la desembocadura del río del mismo nombre, y se enlaza con el campo de bufones por el camino de la rasa. Más al este, el sendero pasa junto a las playas de Villanueva y de Cuevas del Mar, esta última famosa por los islotes y arcos de roca que emergen de la arena, antes de cerrar el bucle tierra adentro por la aldea de Garaña. Es un recorrido largo pero sin dificultad: el esfuerzo viene de la distancia (unas cuatro horas y media a ritmo tranquilo), no del desnivel, que apenas suma ciento veinte metros acumulados en todo el día.
Para que el espectáculo sea pleno hacen falta dos condiciones a la vez: pleamar y mar de fondo o temporal del noroeste. Por eso la mejor temporada es el otoño y el invierno, de octubre a marzo, cuando el Cantábrico encadena galernas y la mar gruesa golpea la costa. Conviene planificar la visita con la tabla de mareas y la previsión de oleaje de AEMET y Puertos del Estado: con marea baja o mar en calma los bufones apenas resoplan, y la decepción está garantizada. Esta costa está protegida como Paisaje Protegido de la Costa Oriental de Asturias (Decreto 38/94, de 2 de julio), que abarca los concejos de Llanes y Ribadedeva; conviene saber que el propio campo de Pría no está declarado Monumento Natural —sí lo están los bufones vecinos de Arenillas y de Santiuste—, pero es un Punto de Interés Geológico de primer orden.