El Moncayo es el techo del Sistema Ibérico: una mole de 2.314 metros que se levanta solitaria entre Aragón y Castilla, separando el valle del Ebro de la meseta soriana y dominando todo lo que la rodea. Subir a su cumbre, el Pico San Miguel, por el sendero AG-1 del Parque Natural es la ascensión clásica de la montaña: desde el aparcamiento del Santuario de la Virgen del Moncayo (1.610 m), el camino remonta entre pinares de repoblación y hayedos hasta asomarse al impresionante circo glaciar de San Miguel, un anfiteatro en herradura con paredes de hasta trescientos metros que el hielo del Cuaternario excavó en la roca. Desde ahí se gana el Cerro de San Juan (2.279 m), el collado del Alto de las Piedras (2.256 m) y, por el cordal, la cruz, los monolitos y el vértice geodésico de la cumbre. Son 9,8 kilómetros de ida y vuelta con 730 metros de desnivel, una jornada de montaña media en verano que en invierno se transforma por completo.
La gran seña de identidad del Moncayo son sus circos glaciares. Aunque hoy la montaña no conserva hielo permanente, durante las glaciaciones del Cuaternario los neveros tallaron en su cara nororiental tres grandes anfiteatros: el circo de San Miguel —la Hoya de San Miguel, que los lugareños llaman «El Cucharón»—, el de San Gaudioso y el de Morca. Son el testimonio glaciar más meridional y destacado de toda la cordillera Ibérica, y el sendero a la cumbre pasa justo por la base del primero: se entra al circo a media mañana, con las paredes verticales cerrándose en herradura por encima, y desde ahí la pendiente se acentúa para ganar el cordal. Ese contraste entre el bosque de la subida y el anfiteatro pétreo del circo es lo que da al Moncayo su carácter de gran montaña, pese a no ser un tresmil.
El itinerario es un libro de geografía vertical. Se arranca a 1.610 metros entre los pinares de repoblación que rodean el Santuario, se cruzan retazos de hayedo —el bosque que en octubre tiñe de cobre las laderas y que es, por sí solo, motivo de visita— y se asciende al matorral de altura de piornos y enebros rastreros, ya cerca del límite del arbolado. Por encima, solo la glera glaciar: pedreras de cuarcita suelta por las que el camino se difumina y hay que seguir los jalones. La cumbre, pelada y barrida por el viento, es una larga loma con la ermita de San Miguel, una cruz, varios monolitos y el vértice geodésico número 35207 del Instituto Geográfico Nacional. Desde ella, en día claro, la vista barre el Pirineo al norte, la Demanda y Urbión al oeste y el valle del Ebro a los pies.
Conviene tomarse en serio dónde se empieza. El inicio canónico del AG-1, el que produce los 9,8 kilómetros y 730 metros de las fichas oficiales, es el aparcamiento del Santuario (1.610 m), al que se sube en coche por la pista de montaña cuando no hay nieve. Si arrancas más abajo, en la Fuente de los Frailes (hacia 1.350 m) o en el Centro de Visitantes de Agramonte (~1.100 m), la ruta crece notablemente: desde la Fuente de los Frailes son ya unos 12,3 km y casi mil metros de desnivel. Y conviene mirar el cielo todavía con más cuidado: la cumbre del Moncayo está brutalmente expuesta al cierzo, el viento del norte, sin un solo abrigo en el cordal, y en invierno, con la mínima nieve o hielo, esta misma ruta deja de ser senderismo para convertirse en alta montaña invernal.