Qué es y por qué es una rareza biológica
El desmán ibérico no se parece a casi nada de lo que un senderista espera encontrar en un río de montaña. No es un roedor, aunque su cola escamosa recuerde a la de una rata; no es una nutria en miniatura, aunque nade con la misma soltura. Es un mamífero insectívoro de la familia de los topos (Talpidae), adaptado a la vida en el agua hasta un extremo que solo comparte con un único pariente vivo en el otro extremo del planeta, el desmán ruso. En la práctica es un topo que decidió mudarse al torrente: cuerpo cilíndrico, ojos diminutos casi inservibles, sin pabellones auditivos externos y, en la punta del hocico, una trompa móvil y prensil cubierta de receptores táctiles con la que palpa el fondo bajo las piedras en completa oscuridad.
El detalle que conviene retener es su carácter endémico: el desmán ibérico no existe en ningún otro lugar del mundo salvo en la mitad norte de la Península Ibérica, los Pirineos y un pequeño sector del sur de Francia. España y Portugal concentran la inmensa mayoría de su población mundial. Es, en sentido estricto, patrimonio natural exclusivo de estas montañas, y sin embargo es probablemente el vertebrado ibérico más amenazado del que la mayoría de la gente no ha oído hablar jamás.
Identificación: cómo es y cómo distinguirlo
Verlo es muy improbable —es nocturno, escaso y se mueve bajo el agua—, pero conviene saber qué se está buscando. El desmán ibérico es diminuto: mide alrededor de 12 centímetros de cuerpo y cabeza, a los que se suma una cola de longitud similar o mayor (en torno a 13-16 cm), y pesa apenas 50-60 gramos, menos que un teléfono móvil pequeño. Sus rasgos diagnósticos son inconfundibles si llegara a observarse de cerca:
- Trompa móvil y aplanada en la punta del hocico, desnuda y muy sensible, que utiliza como órgano táctil para localizar a sus presas tanteando entre los cantos del lecho.
- Patas posteriores grandes y palmeadas, con membranas interdigitales que actúan como remos; las anteriores son menores pero llevan fuertes garras para trepar entre las rocas resbaladizas.
- Cola larga, escamosa y comprimida lateralmente hacia el extremo, que emplea como timón y propulsor bajo el agua.
- Ojos minúsculos y ausencia de orejas externas: confía en el tacto y el olfato, no en la vista ni el oído, para cazar en el medio acuático.
- Pelaje pardo oscuro en el dorso y grisáceo plateado en el vientre, denso e impermeable, que retiene una capa de aire al sumergirse.
En el campo, lo más realista es detectar indicios indirectos: los biólogos localizan a la especie por sus excrementos depositados sobre piedras emergentes del cauce, no por avistamiento directo.
Hábitat: el termómetro vivo de los ríos limpios
Aquí está la clave de toda su biología y de su drama de conservación. El desmán ibérico es extremadamente exigente con la calidad del agua. Solo prospera en ríos y arroyos de montaña fríos, limpios, rápidos y muy oxigenados, con lecho de cantos y bloques y buena vegetación de ribera. No tolera la contaminación, ni los tramos remansados, ni las aguas cálidas o turbias. Por eso los científicos lo consideran un bioindicador de excelencia: donde vive el desmán, el río está sano; cuando desaparece de un tramo, es señal casi infalible de que algo se ha degradado aguas arriba.
Esa dependencia tiene una explicación directa en su menú. El desmán se alimenta casi en exclusiva de larvas de invertebrados acuáticos —sobre todo tricópteros (las llamadas frigáneas) y plecópteros (moscas de las piedras), además de efímeras—, fauna que a su vez solo abunda en aguas frías y bien oxigenadas. Si el río pierde calidad, desaparecen primero los invertebrados, y con ellos, inevitablemente, el desmán. Es nocturno, solitario y territorial, y mantiene su actividad durante todo el año sin hibernar, lo que lo hace doblemente vulnerable a cualquier alteración del caudal.
Distribución en España: islas fluviales que encogen
Históricamente el desmán ocupaba de forma continua las cabeceras fluviales de toda la mitad norte peninsular. Hoy su distribución está fragmentada en unos pocos núcleos aislados entre sí. Los principales sectores donde aún se mantiene son:
- Pirineos (Navarra, Aragón y Cataluña, con presencia también en Andorra y la vertiente francesa): el bastión histórico de la especie, en los torrentes de alta y media montaña.
- Cordillera Cantábrica y Picos de Europa: ríos de cabecera del norte de León, Asturias, Cantabria y el País Vasco.
- Sistema Central (Sierra de Gredos, Sierra de Béjar, Guadarrama y sus estribaciones, repartido entre Castilla y León, Madrid y Extremadura): la población más meridional y la más comprometida.
- Macizo Galaico-Leonés y norte de Portugal, en los ríos de montaña del noroeste.
Si recorres alguno de estos territorios —por ejemplo los valles altos de Picos de Europa, las gargantas de Gredos o las cabeceras pirenaicas— estás caminando junto a uno de los animales más singulares y frágiles de Europa, casi con total seguridad sin llegar a verlo nunca.
Estado de conservación y normativa: una emergencia silenciosa
El desmán ibérico está atravesando un declive acusado y continuado. Los diagnósticos oficiales realizados en España en 2010 y 2021 estiman una pérdida en torno al 87 % del área de distribución que se le conocía en los años noventa, y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) lo clasifica como «En Peligro» (Endangered) en su Lista Roja mundial. La regresión ha sido especialmente brutal en el límite sur de su área.
En España, su protección se articula a través del Catálogo Español de Especies Amenazadas (CEEA), regulado por el Real Decreto 139/2011. Su situación legal acaba de endurecerse de forma drástica:
- Hasta 2025, la especie figuraba con carácter general como «Vulnerable», salvo la población del Sistema Central, que ya estaba catalogada como «En Peligro de Extinción».
- La Orden TED/452/2025, de 5 de mayo (BOE del 12 de mayo de 2025) elevó todas las poblaciones españolas a la categoría máxima, «En Peligro de Extinción», y declaró además la especie en «situación crítica», lo que otorga carácter de interés general y tramitación urgente a las obras y proyectos destinados a su recuperación.
Las amenazas son acumulativas y casi todas de origen humano: contaminación y eutrofización de los cauces, extracciones de agua que reducen el caudal —a menudo ilegales—, fragmentación por presas, azudes y centrales hidroeléctricas que aíslan poblaciones, pérdida de vegetación de ribera y la presión añadida de especies invasoras como el visón americano, que lo depreda. A todo ello se suma el cambio climático, que calienta y reduce los ríos de cabecera de los que depende. Proyectos como el europeo LIFE+ Desmania han analizado miles de kilómetros de ríos en Castilla y León y Extremadura para intentar frenar la caída, y desde 2024-2025 existe una iniciativa transfronteriza entre España, Portugal, Francia y Andorra para coordinar su conservación.
Una joya endémica que pide ríos sanos
El desmán ibérico no es peligroso, no se deja ver y no protagoniza documentales como el lobo o el quebrantahuesos. Precisamente por eso su declive ha pasado casi desapercibido para el gran público. Pero su mensaje es muy nítido para quien recorre la montaña: su presencia certifica que el río por el que caminas está vivo y limpio; su ausencia, que algo se ha roto en la cuenca. Cuidar los caudales de cabecera, no contaminar los arroyos y respetar la vegetación de ribera es, en última instancia, lo único que mantiene con vida a este pequeño insectívoro endémico —y, de paso, a todo el ecosistema fluvial de montaña que tantas rutas atraviesan.