La Garganta Verde es uno de los rincones más espectaculares del Parque Natural Sierra de Grazalema: un cañón excavado por el arroyo Bocaleones en la roca caliza, con paredes verticales que llegan a alcanzar los 400 metros de altura. El sendero SL-A 118 no es un paseo, sino un descenso fuerte y técnico al fondo del barranco: de la cancela del Puerto de los Acebuches, en la carretera entre Zahara de la Sierra y Grazalema, se baja por roca tallada en escalones, piedra suelta y pasos con pasamanos hasta la Cueva de la Ermita, una enorme covacha de toba modelada por el agua. La vuelta es por el mismo camino, y ahí está la trampa: hay que subir todo el desnivel que se ha perdido, unos 300 metros concentrados en poco más de un kilómetro. Sobre el visitante vuela, además, una de las mayores colonias de buitre leonado de Europa, que anida en estas paredes. Para bajar hace falta permiso previo obligatorio y gratuito de la Junta de Andalucía, y el sendero cierra en verano.
El cañón es un libro de geología abierto. El arroyo Bocaleones ha ido cortando durante milenios la caliza jurásica de la sierra hasta abrir una garganta estrecha y profunda, de paredes casi verticales tapizadas de vegetación que le da su nombre y su color. En el fondo, el agua ha esculpido la Cueva de la Ermita: no es una cueva al uso, sino una gran covacha de toba de origen cárstico —unos cincuenta metros de boca— con formaciones que recuerdan a una bóveda. Es el destino del sendero y el punto donde se da media vuelta. La Sierra de Grazalema, primera Reserva de la Biosfera declarada en España (1977), es además uno de los lugares más lluviosos del país, lo que explica esa exuberancia tan poco andaluza.
El buitre leonado (Gyps fulvus) es el verdadero dueño del lugar. En las cornisas de la garganta anida una de las colonias más numerosas de Europa, y verlos planear a la altura de los ojos, aprovechando las corrientes térmicas que suben del cañón, es uno de los grandes momentos del recorrido. Esa colonia es también la razón de que el sendero tenga un calendario tan estricto: durante la época de cría, que solapa con el verano, el barranco se cierra para no perturbar la nidificación. Conviene bajar en silencio, no acercarse a los nidos de las paredes y disfrutar del espectáculo desde el propio camino, sin salirse de la traza señalizada.
Conviene insistir en que esto no es una ruta para cualquiera. El descenso es empinado y técnico desde el primer mirador: peldaños tallados en la roca, tramos de piedra suelta y pasos equipados con pasamanos en los lugares más expuestos. Y la subida de regreso, con todo el desnivel acumulado, es donde se producen los agotamientos y golpes de calor. Hay que llevar agua suficiente —no hay fuentes fiables abajo—, calzado de montaña con buena suela, y descartar el día si el suelo está mojado, porque la roca tallada se vuelve resbaladiza. Quien quiera asomarse al cañón sin bajar al fondo puede llegar solo hasta el primer mirador, una alternativa mucho más corta y segura que ya regala la vista vertiginosa de la garganta.