Por qué se invierte el perfil
En condiciones normales, la temperatura del aire baja con la altura a razón de unos 6,5 °C por cada 1.000 metros. En una inversión ese orden se rompe: hay una franja en la que, al subir, la temperatura aumenta en lugar de disminuir. El aire frío, más denso, queda abajo y el cálido, más ligero, encima; como el aire ligero «flota» sobre el denso, la situación es muy estable y la atmósfera se queda quieta, sin mezcla vertical.
Dos formas de producirse
- Inversión nocturna o por irradiación: en noches despejadas y en calma, el suelo se enfría rápidamente por radiación y enfría el aire pegado a él. El aire frío, denso, drena y se acumula en los fondos de valle, hoyas y dolinas, que amanecen más fríos que las laderas —con heladas y niebla en el fondo mientras media ladera está templada—.
- Inversión por subsidencia o anticiclónica: en el seno de un anticiclón, el aire de capas medias desciende, se comprime y se calienta, formando una tapa cálida en altura que confina el aire frío inferior. Cielos despejados arriba y bruma, niebla o «boina» de contaminación atrapada abajo.
El mar de nubes
Cuando bajo la tapa de la inversión hay humedad suficiente, se forma una capa de estratocúmulos que no puede crecer en vertical porque la capa cálida se lo impide: queda aplastada en un manto horizontal. Desde una cumbre por encima, ese manto se ve como un mar de nubes. El caso más espectacular y predecible de España es el mar de nubes de Canarias: los alisios del noreste empujan aire húmedo que queda confinado bajo la inversión —en invierno entre unos 800 y 1.500 metros de altitud, más bajo en verano—, de modo que el Teide, el Roque de los Muchachos y las cumbres de La Gomera o Gran Canaria asoman a diario por encima del algodón.
Qué significa para el senderista
La inversión es una aliada del montañero y conviene saber leerla. En un anticiclón invernal, programar la ascensión para superar la cota del mar de nubes permite cambiar el valle gris y húmedo por una cumbre soleada sobre un paisaje irreal. Hay que contar, eso sí, con que el fondo del valle amanecerá muy frío y con heladas aunque arriba haga sol, y con que la capa de nubes puede subir durante el día al romperse la inversión y acabar envolviendo la cumbre en niebla. En los valles con inversión, además, la contaminación y la calima quedan atrapadas abajo: el aire y la visibilidad son mucho mejores en altura.
No hay que confundir el mar de nubes de inversión con la niebla orográfica: aquella nace por confinamiento bajo una tapa cálida, y esta por el ascenso forzado del aire en la ladera. Son fenómenos distintos aunque a veces convivan.
La oscilación estacional del mar de nubes canario
El mar de nubes de Canarias no se mantiene a una altura fija: la base y el techo de la inversión del alisio suben y bajan con las estaciones, lo que cambia por completo dónde hay que situarse para superarlo. En invierno la capa es gruesa, del orden de 700 metros de espesor, y se extiende aproximadamente entre los 800 y los 1.500 metros de altitud, de modo que casi cualquier cumbre media de las islas asoma por encima del algodón. En verano, en cambio, la inversión se comprime hasta unos 300 metros de espesor y se sitúa más baja, con la base en torno a los 600 metros y el techo cerca de los 900: el colchón de nubes queda pegado a las medianías.
Esa oscilación explica por qué los grandes miradores en altura —el Roque de los Muchachos en La Palma o las laderas altas del Teide en Tenerife— regalan el espectáculo casi a diario, mientras que el norte húmedo de las islas vive buena parte del año bajo la nubosidad. El mecanismo de fondo es siempre el mismo: una inversión por subsidencia ligada al anticiclón de las Azores, reforzada por la humedad que arrastran los alisios.